Hasta el asilo

 

Convencerme de que el aburrimiento era bueno es de las cosas más absurdas que he hecho. Me equivoqué: pensé que el apasionamiento era un defecto propio de la adolescencia, y que dejarlo atrás era un rasgo de madurez. La maldita ética del pensamiento moderno me repetía «las pasiones te arrastran, debes mitigarlas».

Comencé a nombrar al aburrimiento con palabras menos terroríficas, como «paz» o «calma». Llegué a convencerme no sólo de que estaba bien, sino de que estaba plenamente satisfecha con mi vida: de que no necesitaba nada más y de que nunca iba a necesitar nada más.

Pensaba que para mí ya había quedado atrás. Terminé suprimiéndome por completo, para no sentirme frustrada e incompleta. Me dije a mí misma (y le dije a él) que era una persona tranquila. Dejé de escribir. Cerré los ojos.

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Vista en Pinterest. De origen desconocido.

Aunque ya no recuerdo del todo quién soy, no quiero conformarme. Que vuelvan a nacer en mí todas las pasiones.

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