Carta para una rubia.

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Me acusaban de romántica (y «acusar» es el verbo preciso porque lo decían como una crítica); a menudo la acusación venía acompañada del adjetivo «demasiado». Antes de conocerte ya escribía, ya subrayaba los libros, ya me arañaba el alma, ya me mordía los labios. Te conocí y andabas descalza, te soltabas el pelo, tirabas esquemas, rompías barreras y también camas. Vivías, reías, sufrías, gritabas, bailabas, como una loca. 

Y te miré desde lejos, desde mi cordura, desde mi sensatez, desde la exagerada responsabilidad que me ha caracterizado: llámalo miedo. Cuántas veces me has dicho que no vaya con las manos por delante. Te he mirado y he deseado parecerme un poco a ti. Te he mirado y no te he entendido del todo. Te he mirado y te sigo mirando. La chica misterio. La chica por la que todos nos deshacemos: para volver a hacernos. Porque tú llegas y derrumbas. Porque tú llegas e iluminas. 

Creo que por fin empiezo a entender eso que me decías: que no se puede vivir sin magia. Por ti escribo y deseo escribir. ¿Te acordarás de eso? 

 

 

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