La objetividad y la metáfora

Cuando tenía 17 años, empecé a estudiar Periodismo en la Universidad.

man-hands-reading-boyLo dejé.

Lo dejé porque quería escribir. Y en Periodismo no me dejaban escribir, sólo me dejaban describir—describir de una manera muy concreta, absolutamente normativa. Supe que no era para mí casi desde el primer momento: allí no tenía lugar la metáfora, no se podía hablar de la subjetividad. Es curioso ese afán por la (inexistente) objetividad: la función del periodista es la de dar a conocer una realidad, y sin embargo, la realidad que se puede mostrar si se deja de lado la dimensión afectiva es una realidad mutilada. El periodista obsesionado por la objetividad nos aporta datos, ideas—nos informa la noticia pero no nos hace sentir nada; es decir, nos habla de una realidad de la que nos mantiene a distancia.

A mí no me bastaba con hablar en frío—quería saber qué sentían las personas, cuáles eran sus motivaciones, qué factor jugaba el azar, la irracionalidad. Detrás de ese afán objetivo viene toda una serie de ideas ilustradas: que el mundo es exacto, claro, ordenado.

books-bookshop-magazinesDejé Periodismo. Me pasé a Comunicación Audiovisual.

Porque yo necesitaba la metáfora. La ficción para la comprensión. La ficción que acerca verdaderamente a la realidad. No podía soportar esa pretendida verdad que en lugar de acercarme a la realidad me alienaba de ella. La metáfora, la imagen, es un elemento de acercamiento. Que sabe de su propia inexactitud, pero también se sabe aproximación.

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