Liaisons dangereuses: ¿Las mujeres como amigas?

Hace un año publiqué esto en otro blog…y creo que se merece una re-visita.

La amistad femenina es una gran desconocida. La literatura, la filosofía y el cine están plagados de grandes relatos sobre la amistad masculina, pero la amistad femenina ha quedado en la oscuridad. Desde la antigüedad lo que se nos ha dicho es que la amistad es cosa de hombres, algo para lo que las mujeres no estamos capacitadas. En la actualidad la pregunta por la amistad es si un hombre y una mujer pueden ser amigos, pero no si las mujeres pueden ser amigas entre sí.

Creo que se necesitan más relatos de amistades femeninas: venimos de una tradición que nos ha dicho que la amistad es una virtud eminentemente masculina. Y esa tradición no es algo superado, sino un peso que cargamos con nosotros y nos condiciona a seguir pensando de ese modo. De hecho, el cine y la televisión contribuyen a subrayar esa idea hoy en día mostrando…

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Las tejedoras: esas revolucionarias (II)

Hace un tiempo escribí esta entrada sobre cómo tejer podía constituirse como una actividad feminista. En él, hacía alusión a las “tejedoras de Robespierre”, o las tejedoras de la Revolución Francesa. Estudiando me he encontrado con que el acto de tejer también se convirtió en un acto político durante la Revolución Americana. 

Durante el periodo revolucionario, las patriotas americanas se asociaron formando las “Daughters of Liberty”. Las mujeres se rebelaban contra los británicos haciendo boicot a sus productos: entre otras cosas, decidieron no consumir té y dejaron de comprar telas inglesas.

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El hecho de boicotear estos productos obligó a efectuar ciertos cambios en el estilo de vida: por ejemplo, empezar a beber café en lugar de té. En lo textil, el dejar de comprar telas inglesas, se reflejó en que las mujeres americanas empezaron a llevar prendas tejidas a mano. Mujeres de todas las clases sociales llevaban prendas tejidas a mano en todas las ocasiones, y el acto de hilar se convirtió en un acto político. Los “spinning bees” (reuniones para hilas) se convirtieron en eventos patrióticos.

La líder de las hijas de la libertad de Massachusetts escribió: “espero que todas vayamos envueltas en pelo de oveja o de cabra en lugar de comprar productos ingleses a un pueblo que nos ha insultado de una forma tan escandalosa”.  (Alice Brown, Women of Colonial Times)

Tejer se constituyó así durante el periodo de la Revolución Americana en un acto político. Una forma de lucha.

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Las tejedoras: esas revolucionarias

Si bien es cierto que en los últimos años se ha puesto muy de moda tejer (y otro tipo de manualidades y artesanías), todavía pervive cierta idea de que tejer es una actividad anticuada, que sume a las mujeres en sus hogares, ocupándose de los aspectos domésticos. En definitiva, que es una actividad del pasado, que mantiene cierta estructura patriarcal, ya que sume a las mujeres en la soledad del hogar.

Sin embargo, yo siempre he considerado que se podía ser feminista tejiendo—que el propio acto de tejer podía constituirse como un acto de independencia. Tejer es, al fin y al cabo, una actividad creativa, que nos permite expresarnos y nos permite explorar nuestros propios sentimientos y pensamientos, nuestros gustos. En tanto que actividad creativa, es una actividad que nos permite conocernos mejor, y por tanto empoderarnos. 

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Hace poco asistí a una conferencia sobre las maternidades y los cuidados; hablábamos precisamente de cómo la mujer había estado confinada (y aún luchamos para romper con ese confinamiento) a la vida privada. Si las mujeres permanecen aisladas unas de otras y no hablan entre sí, entonces nunca se darán cuenta de que los dolores y los problemas a los que se enfrentan no son meramente personales, sino que afectan a las mujeres en cuanto género. Que se trata de una realidad estructural y no de casos aislados. 

Por ello, uno de los caminos más claros para el empoderamiento femenino es crear comunidades femeninas, donde se pueda hablar públicamente de todas aquellas cosas que hasta ahora hemos vivido en privado y en silencio. En este sentido, un ayuntamiento había puesto a disposición de las mujeres del pueblo un local vecinal donde las mujeres se juntaban para tejer.

La chica que impartía la conferencia dijo que esa medida, aunque había empezado siendo una buena idea, finalmente había puesto a las mujeres…A TEJER.  Como si tejer fuera, otra vez, esa actividad que nos vuelve dóciles y nos encierra en casa. Por mi propia experiencia, cuando he tejido con otras mujeres siempre se ha construido una sororidad. Siempre hemos hablado y hemos alcanzado una conciencia más clara de en qué consiste ser mujer en un mundo como el nuestro. Y creo que esto no es sólo algo que suceda hoy en día.

Hace poco, estudiando, descubrí, que durante la Revolución Francesa surgió una figura femenina revolucionaria: las tejedoras. Las tejedoras—tricoteuses—eran mujeres que asistían a las asambleas para estar al tanto de las decisiones y derivas políticas durante la Revolución. Y asistían a las asambleas…efectivamente, tejiendo. Las tricoteuses eran revolucionarias, y apoyaban todas las decisiones políticas de los jacobinos—tanto que las acabaron llamando “las tejedoras de Robespierre”. El apelativo de tricoteuses acabó volviéndose un insulto peor que otros muchos.

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Las tejedoras jacobinas, o las tejedoras de Robespierre. Sus rostros agresivos ya indica la visión que se tenía de ellas. 

De hecho, la contrarevolución acabó utilizándolas como imagen de los efectos terribles de la Revolución: afirmaban que esas mujeres, que asistían tejiendo a las asambleas, también asistían tejiendo a los gillotinamientos—que deseaban los guillotinamientos y que se habían vuelto monstruos sedientos de sangre. Decían que la Revolución era capaz de volver a las mujeres, seres supuestamente dulces y sensibles, en frías y sanguinarias radicales. “Esas mujeres que hacían en público lo que deberían hacer en privado”: TEJER. 

No deja de ser interesante que esas mujeres, revolucionarias, que reclaman derechos, que querían participar en la vida pública y política por sí mismas fueran conocidas y recordadas con ese nombre: tejedoras.

Quiénes somos las mujeres

 

Asistí a un curso de literatura femenina. En él la profesora nos dijo que la literatura masculina—lo que habitualmente se llama ‘literatura’ a secas, algo ya muy significativo—había tenido siglos y siglos para desarrollarse. La literatura de hombres, a lo largo de este tiempo, ha ido respondiendo a distintas preguntas, tocando diversos temas. Empieza preguntándose por el origen del mundo y del ser humano, preguntándose cuál es nuestra esencia, qué es lo que nos define…y acaba llegando a cuestiones como el sentido del lenguaje, el problema de la interpretación, etc.

En otras palabras, se empieza en los mitos y se acaba llegando a La broma infinita.

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La cuestión es que la literatura femenina—la literatura escrita por mujeres, que aparentemente tiene que ser advertida al mundo por ese adjetivo para salvarse las espaldas—ha tenido un desarrollo mucho más reciente, y por ello más breve. La literatura escrita por mujeres aún es joven. Nos hacemos las mismas preguntas que se hicieron ya los hombres aunque desde otra perspectiva—expresando el punto de vista que siempre fue negado o ignorado—. La literatura femenina, que es casi una recién llegada, todavía está haciéndose la pregunta por el origen y la esencia.

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¿Y no es eso lo que hacemos todas las mujeres? ¿Preguntarnos por nuestra esencia? ¿Intentar descubrir qué es lo que nos hace ser mujeres? Porque hasta ahora siempre nos han dicho qué era lo que teníamos que hacer para ser mujeres: ser mujeres era concebir, ser mujeres era tener pecho, ser mujeres era ser obedientes, calladas, ser mujeres era ser ángeles custodios de la moralidad…O todo lo contrario. Hasta ahora sólo nos han dado dos opciones: ser ángeles o brujas—Melania o Escarlata.

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Pero hay mujeres que no conciben. Hay mujeres sin pecho. Hay mujeres solteras, mujeres líderes, mujeres asesinas. Y todas son mujeres. Lo único que se me ocurre es que mujeres somos todas aquellas que nos pensamos y nos sentimos mujeres. Independientemente de todos los preceptos que quieran hacernos cumplir. Tal vez lo que nos una a las mujeres—que somos tan diversas entre nosotras—es una conciencia de clase. Un afán por decidir por nosotras mismas nuestro destino. Una lucha por salir de ese retrato dualista y poder ser algo más que ángeles o brujas. Poder ser simplemente nosotras, sin que se nos mande al cielo o al infierno por ello.