Si yo fuera tú

La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. De entender el punto de vista ajeno, y también de comprender emocionalmente lo que el otro está viviendo. Es decir, supone un acercamiento intelectual y emocional al otro. Cada uno de nosotros, cuando nos enfrentamos a una situación nos enfrentamos a ella en cuanto somos nosotros mismos—con todas nuestras condiciones.

Es decir, cuando me enfrento a un problema me enfrento a él desde mis cualidades: con mis fortalezas y debilidades, con mi manera peculiar de pensar y sentir. Y también me enfrento al problema desde un contexto concreto—que conecta con muchos otros problemas que he tenido previamente, o que tengo al mismo tiempo.

Por eso, cuando una persona—habitualmente con buena intención—te dice “Si yo estuviera en tu lugar haría ‘x'” esa persona en realidad no está logrando empatizar contigo. Esa persona está imaginando cómo se enfrentaría ella al problema—pero está obviando todos los condicionantes con los que tú cuentas y están cambiándolos por los suyos propios. La falta de comprensión del problema viene precisamente de ahí: de que yo no soy tú.

La empatía es algo terriblemente difícil de lograr—requiere mucha imaginación y mucha capacidad de proyección. Se trata de intentar pensar como piensa el otro; intentar sentir como siente el otro, olvidándose de uno mismo. Se intenta lograr una aproximación existencial al otro. Por supuesto, la exactitud es imposible; lo que se puede lograr son aproximaciones más o menos burdas, pero que siempre se agradecen.

  • Gracias, Luis, por enseñarme este vídeo, que lo explica mucho mejor que yo:

Quiénes somos las mujeres

 

Asistí a un curso de literatura femenina. En él la profesora nos dijo que la literatura masculina—lo que habitualmente se llama ‘literatura’ a secas, algo ya muy significativo—había tenido siglos y siglos para desarrollarse. La literatura de hombres, a lo largo de este tiempo, ha ido respondiendo a distintas preguntas, tocando diversos temas. Empieza preguntándose por el origen del mundo y del ser humano, preguntándose cuál es nuestra esencia, qué es lo que nos define…y acaba llegando a cuestiones como el sentido del lenguaje, el problema de la interpretación, etc.

En otras palabras, se empieza en los mitos y se acaba llegando a La broma infinita.

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La cuestión es que la literatura femenina—la literatura escrita por mujeres, que aparentemente tiene que ser advertida al mundo por ese adjetivo para salvarse las espaldas—ha tenido un desarrollo mucho más reciente, y por ello más breve. La literatura escrita por mujeres aún es joven. Nos hacemos las mismas preguntas que se hicieron ya los hombres aunque desde otra perspectiva—expresando el punto de vista que siempre fue negado o ignorado—. La literatura femenina, que es casi una recién llegada, todavía está haciéndose la pregunta por el origen y la esencia.

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¿Y no es eso lo que hacemos todas las mujeres? ¿Preguntarnos por nuestra esencia? ¿Intentar descubrir qué es lo que nos hace ser mujeres? Porque hasta ahora siempre nos han dicho qué era lo que teníamos que hacer para ser mujeres: ser mujeres era concebir, ser mujeres era tener pecho, ser mujeres era ser obedientes, calladas, ser mujeres era ser ángeles custodios de la moralidad…O todo lo contrario. Hasta ahora sólo nos han dado dos opciones: ser ángeles o brujas—Melania o Escarlata.

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Pero hay mujeres que no conciben. Hay mujeres sin pecho. Hay mujeres solteras, mujeres líderes, mujeres asesinas. Y todas son mujeres. Lo único que se me ocurre es que mujeres somos todas aquellas que nos pensamos y nos sentimos mujeres. Independientemente de todos los preceptos que quieran hacernos cumplir. Tal vez lo que nos una a las mujeres—que somos tan diversas entre nosotras—es una conciencia de clase. Un afán por decidir por nosotras mismas nuestro destino. Una lucha por salir de ese retrato dualista y poder ser algo más que ángeles o brujas. Poder ser simplemente nosotras, sin que se nos mande al cielo o al infierno por ello.

 

«Cuando se está hablando de las condiciones de posibilidad del arte ya no se está haciendo arte, sino filosofía del arte» dijeron.

Me hizo pensar. Tal vez esa sea la misma definición de mi bloqueo—de lo que yo siento como un bloqueo. Que siempre acabo deslizándome en la filosofía, como si la gravedad me atrajera de forma irreversible. Una deformación profesional, o una identidad que se impone y no quiere dejar de ser. ¿Una mala costumbre? Cuestionarlo todo desde su propia base.

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Amalgam—Joshua Suda

 

 

Me pongo a escribir, y me pregunto si realmente puedo escribir. Si tengo las condiciones para hacerlo—y nunca lo hago. No consigo sobrepasar esa barrera. Pero ahora estoy hablando, estoy describiendo un estado interno. Poner palabras a los pensamientos, eso me parece fácil.

Hablar del dolor—eso es lo difícil.

 

La objetividad y la metáfora

Cuando tenía 17 años, empecé a estudiar Periodismo en la Universidad.

man-hands-reading-boyLo dejé.

Lo dejé porque quería escribir. Y en Periodismo no me dejaban escribir, sólo me dejaban describir—describir de una manera muy concreta, absolutamente normativa. Supe que no era para mí casi desde el primer momento: allí no tenía lugar la metáfora, no se podía hablar de la subjetividad. Es curioso ese afán por la (inexistente) objetividad: la función del periodista es la de dar a conocer una realidad, y sin embargo, la realidad que se puede mostrar si se deja de lado la dimensión afectiva es una realidad mutilada. El periodista obsesionado por la objetividad nos aporta datos, ideas—nos informa la noticia pero no nos hace sentir nada; es decir, nos habla de una realidad de la que nos mantiene a distancia.

A mí no me bastaba con hablar en frío—quería saber qué sentían las personas, cuáles eran sus motivaciones, qué factor jugaba el azar, la irracionalidad. Detrás de ese afán objetivo viene toda una serie de ideas ilustradas: que el mundo es exacto, claro, ordenado.

books-bookshop-magazinesDejé Periodismo. Me pasé a Comunicación Audiovisual.

Porque yo necesitaba la metáfora. La ficción para la comprensión. La ficción que acerca verdaderamente a la realidad. No podía soportar esa pretendida verdad que en lugar de acercarme a la realidad me alienaba de ella. La metáfora, la imagen, es un elemento de acercamiento. Que sabe de su propia inexactitud, pero también se sabe aproximación.

Before Sunrise—Before Sunset—Before Midnight

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En 1995 Richard Linklater nos presentó así la historia de Jesse y Céline. Es imposible no quedarse prendado de los personajes, no enamorarse de ellos. Dos jóvenes que hablan de todo: del arte, la espiritualidad, las relaciones, los viajes, la familia. Y que encuentran eso que es tan difícil de encontrar: una conexión real. Lo bueno de Before Sunrise es que no es nada obvia; hay muchas cosas que no se ven, muchas preguntas que quedan abiertas. El espectador sabe, desde el principio que los protagonistas tendrán que separarse al final. ¿Pero qué sucederá después? Eso no lo sabíamos.

En 2004, apareció Before Sunset. Reencontrábamos a Jess y Céline 9 años después en París. Pero no sabíamos nada de lo que había ocurrido entre esos dos días en la vida de los personajes. Lo maravilloso es que reconocemos inmediatamente a los personajes; a pesar de los cambios físicos, de mentalidad, de carácter, que conllevan el paso del tiempo. El trabajo interpretativo de Julie Delpy y Ethan Hawke es increíble. De nuevo todo queda abierto…aunque menos.

Se prevé el estreno de Before Midnight para el año 2013. Y otra vez, 9 años después, encontraremos a Jesse y Céline, ahora en Grecia. Por ahora sólo se ha ofrecido una única imagen promocional. Hay un gran misterio acerca de la trama. Yo estoy entusiasmada e impaciente por ver el cierre de esta maravillosa historia.

Si ellos no se olvidan a lo largo de los años, tampoco el espectador puede hacerlo; porque como dice Céline:

 I’m happy you’re saying that because…I mean, I always feel like a freak because I’m never able to move on like (snaps her fingers) this! You know? People just have an affair or even…entire relationships…they break up and they forget! They move on like they would have changed brand of cereals! I feel I was never able to forget anyone I’ve been with. Because each person have…their own specific qualities. You can never replace anyone. What is lost is lost.

Each relationship when it ends really damages me; I never fully recover. That’s why I’m very careful with getting involved because…it hurts too much! Even getting laid – I actually don’t do that. I will miss of the person the most mundane things. Like I’m obsessed with little things.

El cine como fenómeno cultural: Chicas Amélie. Chicos Tyler Durden.

Todas las manifestaciones culturales dicen algo del tiempo en que se producen: nos indican las preocupaciones, sueños, miedos, obsesiones de una generación. Cuando se recrea un mundo también se está dando una manera de interpretar la realidad. Ahora bien, creo que determinadas manifestaciones, por su originalidad, por su diferencia, se convierten en promotoras de una interpretación nueva de realidad, en lugar de reflejo de una ya existente.

Todavía no he profundizado mucho en este pensamiento, pero creo que cada cierto tiempo aparece una manifestación cultural que marca la manera de vivir, sentir y pensar, de una generación. Como sucedió con Goethe y “Las penas del joven Werther”, o con Flaubert y “Madame Bovary”.

La cuestión es que ahora ya no se lee tanto, pero se consume mucho el producto audiovisual, por lo que esas nuevas interpretaciones, desde hace tiempo, vienen de la mano del cine. No deja de ser irónico, ya que muchas películas son adaptaciones de obras literarias. Tal vez ya no queremos hacer el esfuerzo de leer; es mucho más fácil sentarnos y que nos lo cuenten. Por otro lado, creo que esa transmisión de valores cobra mucha más fuerza a través de la imagen.

Algunas películas tienen fuertes repercusiones; sólo por mencionar algunos ejemplos: “La naranja mecánica”, “Blade Runner”, “Pretty woman”, “Matrix”, “Crepúsculo”. Son películas que han cambiado la percepción de la realidad y la sensibilidad de diferentes públicos. Estas películas no coinciden en género, ni en temática, ni en público objetivo, pero por alguna razón, todas ellas se convirtieron en fenómeno cultural, o en himno, de una generación.

Aunque esta tesis está todavía muy poco trabajada, tengo claro cuáles son las películas que han afectado a mi generación: “Amélie” (2001) de Jean-Pierre Jeunet y “El club de la lucha” (1999) de David Fincher. Llevo tiempo observando que una gran parte de las chicas de mi edad quieren una vida como la de Amélie y gran parte de los chicos quieren tener la actitud de Tyler Durden.

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Las dos películas presentan historias originales, inesperadas, personajes carismáticos, que se diferencian de la masa, recursos estéticos y narrativos muy interesantes y se apoyan en magníficas bandas sonoras. Reconozco que las dos películas me gustan y que ambas me causaron impacto. Sin embargo, creo que el querer emular esas historias, o adoptar esas interpretaciones puede ser muy problemático.

En ambas historias los personajes principales son, en cierto modo, sabios: Amélie conoce la felicidad de los pequeños placeres cotidianos y Tyler conoce los males del materialismo y la sociedad de consumo. En ese sentido, creo que es muy fácil engancharse a ellos.

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Sin embargo, creo que no hay que perder de vista que ambos personajes, a pesar de esa clarividencia respecto a las cosas realmente importantes y ese carisma, son profundamente antisociales. Ninguno de los dos sabe relacionarse ni con las personas ni con la realidad que les rodea. Muchas chicas admiran la historia de amor de Amélie con Nino, y muchos chicos admiran la historia entre Tyler y Marla; sin embargo, ambas relaciones son bastante conflictivas.

Amélie no se atreve a hablar de verdad con la persona que le gusta, casi todo sucede en su imaginación. Si acaba atrayéndole hacia ella no es de manera directa, sino siempre a través de juegos o trampas. Se relaciona con él de manera oblicua. A menudo Amélie acaba llorando sola, en casa, pensando en sí misma y en lo desgraciada que es. Amélie es una persona vital y al mismo tiempo asustada de la vida.

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Tyler tiene una relación directa: coge lo que quiere cuando lo quiere. Pero no piensa en los sentimientos de los demás. Es igual de destructivo en su vida sentimental como lo es con las posesiones materiales. Tyler depende de Marla en cierto sentido, pero la hunde constantemente.

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Ninguno de los personajes sabe lidiar con sus emociones. Los sentimientos aparecen como una debilidad, como algo que hace sufrir. Ambos personajes construyen situaciones para no tener que enfrentarse a sus sentimientos.

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Sin embargo, lo que realmente me preocupa es que las dos películas transmiten significados y sensibilidades muy diversas: mientras que “Amélie” es una loa a la inocencia, la ingenuidad y la imaginación, “El club de la lucha” es una invitación a separarse de un mundo falso, hipócrita. Anima a la destrucción (y la auto-destrucción) del mismo modo que Nietzsche: desenmascarando el engaño del mundo. En “Amélie” hay una justicia poética: si eres buena persona, sufrirás, pero finalmente serás feliz. En “El club de la lucha” hay nihilismo.

Ahora bien, el problema es que los jóvenes (y también los adultos) aprenden a amar, y a comprender las relaciones, según el ejemplo que ven en las películas. Entonces, ¿cómo van a relacionarse las Amélie del mundo con los Tyler Durden?