Los que llevan un tiempo siguiéndome sabrán que no consigo (tampoco) sacarme a Amélie de la cabeza. Es una película en la que pienso una y otra vez. Y me pasa con ella lo mismo que me pasa con muchos filósofos: que me gusta ella, pero no tanto sus seguidores. No creo que Amélie sea una película de amor únicamente. 

El caso es que en mi habitación tengo puesto el póster de Amélie desde hace un tiempo: la versión japonesa, que es preciosa.

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Me siento muy identificada con esta imagen. Pocas cosas mejores que estar en un sitio tranquilo y bonito, que has decorado a tu gusto. Una cosa que me gusta mucho de París son sus luces cálidas. Cuando caminas por la calle al caer la noche parece que los establecimientos y los hogares tienen pequeñas hogueras dentro, porque todas las luces son amarillentas. Dan ganas de entrar, dan ganas de quedarse.

Pasar cuatro meses en París me ha permitido recorrer algunos de los lugares por los que va Amélie. He visitado el carrusel del Sacré Coeur, el canal de Saint Martin, el Café des deux moulins…Hasta me tomé un té con una amiga en la calle Quincampoix.

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Les deux moulins

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Your hair was short when we first met.

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Ahora, probablemente debido a unos inesperados días primaverales, he empezado a pensar en la última imagen de la película. Pienso en Amélie y Nino en la moto, recorriendo París. Es una escena que transmite una temperatura, un clima. Casi se puede sentir el aire en la piel. A través de la temperatura de la imagen, del movimiento, de la interpretación, del vestuario…se construye una primavera. Un momento perfecto.

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La primavera hace que todo baile.