Los que llevan un tiempo siguiéndome sabrán que no consigo (tampoco) sacarme a Amélie de la cabeza. Es una película en la que pienso una y otra vez. Y me pasa con ella lo mismo que me pasa con muchos filósofos: que me gusta ella, pero no tanto sus seguidores. No creo que Amélie sea una película de amor únicamente. 

El caso es que en mi habitación tengo puesto el póster de Amélie desde hace un tiempo: la versión japonesa, que es preciosa.

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Me siento muy identificada con esta imagen. Pocas cosas mejores que estar en un sitio tranquilo y bonito, que has decorado a tu gusto. Una cosa que me gusta mucho de París son sus luces cálidas. Cuando caminas por la calle al caer la noche parece que los establecimientos y los hogares tienen pequeñas hogueras dentro, porque todas las luces son amarillentas. Dan ganas de entrar, dan ganas de quedarse.

Pasar cuatro meses en París me ha permitido recorrer algunos de los lugares por los que va Amélie. He visitado el carrusel del Sacré Coeur, el canal de Saint Martin, el Café des deux moulins…Hasta me tomé un té con una amiga en la calle Quincampoix.

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Les deux moulins

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Your hair was short when we first met.

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Ahora, probablemente debido a unos inesperados días primaverales, he empezado a pensar en la última imagen de la película. Pienso en Amélie y Nino en la moto, recorriendo París. Es una escena que transmite una temperatura, un clima. Casi se puede sentir el aire en la piel. A través de la temperatura de la imagen, del movimiento, de la interpretación, del vestuario…se construye una primavera. Un momento perfecto.

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La primavera hace que todo baile.

Diario parisino VIII

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Tengo las maletas a medias y un montón de sentimientos encontrados.Vivimos en las contradicciones: quiero avanzar y al mismo tiempo quiero retener este momento. No sé cómo empacar todo esto. Me gustaría tener menos cosas. Cuando vuelva a casa probablemente tendré que hacer una gran limpieza.

Lo hago periódicamente. Mi madre dice que me da el ataque de limpiar cada dos meses (o algo así, tampoco yo llevo un control estricto). Y cuando se produce ese ataque, tiro cosas. Me viene bien—también emocionalmente: miro todo lo que tengo, y decido si aún me sirve o no; si todavía me aporta algo, si todavía lo quiero. Algunas veces hay que hacer espacio.

Lo cierto es que soy como un pájaro que guarda todo tipo de “tesoros”. Pero al cabo de un tiempo comienzo a sentir que me asfixio entre todas las cosas que he guardado. Aunque ya he perdido el miedo a deshacerme de las cosas. Al fin y al cabo…sé que vendrán otras más adelante.

Ahora mismo, no quiero tener tantas cosas. He vivido cuatro meses en una habitación pequeña. Me traje solo el ¿20? por ciento de mis prendas y no me ha faltado de nada. ¿Para qué tengo tanto? Debe ser la maldición de los estetas.

Volver también es revisar la vida.

Nunca se puede volver verdaderamente de nada.

Diario Parisino VII

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Todo lo que me ha ocurrido me ha dado profundidad.

A lo mejor es mi pasión por ahondar lo que me ha llevado a un agujero del que casi no puedo salir. Tiene gracia; mirando en la dirección contraria, llegué al mismo lugar que Tales. Cuando estaba ahí abajo…me di cuenta de que la autosuficiencia es una ilusión. De algunos sitios sólo se puede salir si te dan la mano. (Del mismo modo que sólo se puede llegar a otros si te hacen pie.)

Afortunadamente, hubo manos.

París siempre será, en cierta medida, las personas que conocí estando aquí. Además de aquellas personas de las que, paradójicamente, la distancia no sólo no consiguió alejarme, sino que me acercó más que nunca.

Diario parisino VI

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Ayer volví a casa por la noche—aquí es de noche desde las cinco de la tarde, pero ayer era de noche—y pensé para mí misma: ¿de qué tengo miedo, si esta es mi ciudad? “Mi ciudad.”

París es una de esas ciudades que te enamora o te expulsa. Lo he visto en otras personas. No hay puntos medios. Creo que estoy en el primer grupo. Aquí he encontrado un amor distinto: el amor por el lugar. Cuando era pequeña—muy pequeña—decía que de mayor viviría en un ático en París. (¿Por qué diría eso? ¿De dónde me vendría esa idea?)

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Bueno, no vivo en un ático. Pero ahora ya soy mayor—veinte años mayor—, y vivo en París. No me quedaré para siempre, pero es un lugar al que volveré y volveré.

Aunque sea en mi pensamiento.

No dejo de pensar en Proust y en su idea de «trazar un mapa del cariño», que tantos años he llevado instalada en la mente. Tampoco paro de pensar en Flaubert, en su “Educación sentimental” y en “Madame Bovary”. Llevo tanto tiempo dándole vueltas a Madame Bovary…

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Tanto tiempo pensando en Francia y en francés.

Mi amor por París se intensifica. Más allá de sus molestias, de sus defectos…para mí sigue siendo “mi ciudad”.

Diario Parisino V

Hablaré del miedo que me da salir cuando la calle ya está a oscuras. Aunque aquí los días grises no son tan grises como los de Pamplona—aquí siempre hay luz. Hablaré de que ya no tengo que mirar el mapa para volver a “casa”. Aunque dudo que nunca me acostumbre a llamar “casa” a otra casa que no sea la mía, la de la puerta azul.

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Echo de menos unos brazos rodeándome. Echo de menos muchas cosas. Una voz que me diga “giremos por esa calle”. Ahora giro por calles nuevas; pero probablemente son otras. Descubro lo que no habría descubierto, y al mismo tiempo me quedan muchas cosas que ya nunca descubriré.

Camino por los parques. Doy las gracias a los árboles y a los pájaros. Ejercen su cura. Como cuando escuchas una canción y sientes que es un poco para ti. Eso me pasa con los parques.

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Diario Parisino IV

Ayer abrí la ventana y nevaba.

El domingo estuve en Versailles. Había estado una vez antes, con 17 años—en el viaje de fin de estudios del colegio—y durante este nuevo recorrido no paraba de acordarme de las amigas que me acompañaron entonces. Y de la persona que yo creía que era en ese momento. ¿Os pasa también a vosotros que os sentíais mucho más fuertes y más valientes, e incluso más listos, a esa edad?

Fui sola. Pero hice amigas por el camino. Hacía viento, muy frío. Versailles en invierno es algo triste—o soy yo que me pongo melancólica. No, no soy yo: las fuentes están apagadas, muchas estatuas cubiertas, y la tierra seca.

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Las ovejas de Maria Antonieta siguen vivas. Aunque no sean las mismas, siguen siendo las ovejas de Maria Antonieta.

¿Volveré algún día y recordaré esta vez?

 

 

 

Diario parisino III

Ahora ya sí—ya estoy instalada en el Colegio de España.

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Pasando todas las dudas de estar por primera vez en un lugar que no conoces. Preguntando a los demás cómo funcionan las cosas. Cuando les digo que es mi primer día todos reaccionan con una mezcla de ternura y nostalgia. Algunos están a punto de irse y echan de menos el comienzo.

Yo estoy en el comienzo e intuyo que también estaré en su lugar dentro de unos meses. El campus es precioso. Entiendo que haya personas que lleven dos años viviendo aquí y no quieran irse.

La timidez me acosa a veces; pero todos se muestran muy abiertos.

Hay gente que llegó en verano. Pero a mí me parece impensable que aquí no sea siempre otoño.

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Todavía no estoy del todo. Pero poco a poco.

Diario parisino II

Domingo. Coger el metro para ir al Marché aux fleurs et aux oiseaux. Las flores están a diario; los pájaros sólo los domingos. Si me conocéis, sabéis que ir a visitar a los pájaros era obligatorio. Había muchísimos tipos de loros…y me ha costado mucho no llevarme alguno (lo reconozco).

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Después he pasado por Notre Dame. Y por otra de las paradas obvias: Shakespeare and Co. Había que hacer cola para entrar en la librería y no dejaban hacer fotos dentro…pero ha merecido la pena de todos modos. El gato estaba escondido.

El paseo ha seguido bordeando el Sena—donde también nos hemos encontrado con el atardecer. Y con los miles de candados que las parejas enamoradas dejaron cerrados en l’Île de la Cité.

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El acero; qué tendrá aquí, en París, que puede emocionarnos.

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Diario parisino I

París—por el momento—es un piso muy chiquitito en el distrito 11. Un piso lleno de libros que hubiera comprado yo misma: en la mesilla de la habitación está “La pensée sauvage” de Lévi-Strauss. En las estanterías del salón están Kundera, Sartre, Virginia Woolf.

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El piso está muy cerca del cementerio Père Lachaise; allí está enterrado Marcel Proust. Desde el principio supe que mi primer movimiento aquí sería ir a visitarle.  He disfrutado de tantas horas de belleza gracias a Proust que lo mínimo que podía hacer era llevarle una flor y darle las gracias.

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Después de presentarme ante Proust, ahora ya estoy en París.

(Por cierto, Oscar Wilde también está enterrado en Père Lachaise, pero ya no dejan darle besos a la tumba.)