Hogueras ardiendo.

Una noche como la de hoy hace diez años estaba en mi habitación haciendo pompas de jabón para hacerme una foto en ráfaga. Llevaba mi primer sujetador negro y unos pantalones cortos. El pelo recogido. Y no me daba vergüenza nada de mí misma. Sentía que estaba haciendo algo muy bonito.

(Si aún tuviera las fotos las compartiría. Todo se perdió.)

Hace diez años, mientras fuera ardían las hogueras, yo descubrí a Linklater, y a Jesse y a Céline. También ardía una hoguera en mi corazón. Y también se cerraba un capítulo para abrir otro nuevo. Porque juro y perjuro que mi vida no ha sido la misma desde que vi Before Sunrise y Before Sunset. Me sentí otra persona y a la vez más yo misma que nunca.

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Empecé a ver Before Sunrise a las doce de la noche; pensando que ya vería al día siguiente Before Sunset. No pude esperar un solo segundo. Las vi seguidas. Me las bebí. Me enamoré perdidamente. Me vi reflejada. ¿No nos hemos visto todo reflejados? ¿No tenemos todos a alguien con quien nos habría gustado reencontrarnos?

Muchos años más tarde—DIEZ—también viví París de otro modo gracias a ellos.

 

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Algunas experiencias se perfeccionan con el tiempo.

Y ahora, esta noche, quiero volver a sentir que hago algo bonito. Con mi cuerpo, con mi tiempo, con mi movimiento. Con mi vida.

 

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Recuerdo I

Me ha venido a la mente una anécdota que quiero compartir. Estaba tirada en el suelo—literalmente tirada en el suelo—durante una sesión de yoga. Sé que durante la relajación hay que evitar enzarzarse en pensamientos: aunque a mí me gusta la idea de verlos pasar como si fueran nubes. Me vienen pensamientos que no convoco voluntariamente, y los observo pasar lentamente. Hoy me ha venido un recuerdo.

He recordado que mi padre me llevaba de pequeña todos los años (no sé cuántos años fueron “todos los años” pero sé que fueron varios años seguidos) a un concurso de dibujo que organizaba la universidad. Supongo que era para hijos de los empleados. El caso es que era un concurso navideño: teníamos que dibujar una felicitación navideña.

Para esa ocasión mi padre me compraba una caja nueva de lápices de colores, y nos sentaban a dibujar en una de las aulas del edificio de arquitectura. Nada podía gustarme más. Estar sentada en esa mesa enorme—para mí era enorme, aunque ya se sabe que no hay que hacer mucho caso a las proporciones recordadas—, con mis lápices nuevos, perfectamente alineados y afilados. Disfrutaba del silencio que zumbaba en la sala mientras los niños dibujábamos.

Creo que el tema de la felicitación navideña no me interesaba demasiado, pero me gustaba dibujar. Y además, estaba convencida de que dibujaba bien. Nunca gané ninguno de esos concursos, pero en mi mente siempre me fui pensando que merecía ganar. Y que si no ganaba…era porque a los jueces simplemente les había gustado más otro dibujo; pero que yo merecía ganar tanto como los que, en efecto, ganaban.

De todos modos, no recuerdo haber sido nunca muy competitiva. A mí me bastaba tener ese sentimiento mío…y esa caja nueva de lápices. Todo merecía la pena por esa caja nueva de lápices que me habían regalado sin tener que ganar ningún concurso para ello.

Hace algún tiempo que no dibujo.

Pero a veces me animo a mí misma comprando lápices nuevos.

https://www.flickr.com/photos/caryndrexl/

Caryn Drexl

Tal vez la cura esté en la escritura, o en el dibujo, o en el baile—en la creatividad. Pero, ¿cómo voy a hacer ninguna de esas cosas en este estado de tensión? Se da una circularidad. Donde estaría la cura es precisamente donde está el problema. No puedo crear si no me relajo. Y no sé cómo relajarme.

Siento que en mi cabeza rebota una pelota con fuerza. Tengo miedo de que me golpee. Siento que mire donde mire hay un muro que me impide seguir adelante.

Me gustaría decir algo más. Pero el muro.

Yo. Para mí.

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He decidido hablar en primera persona. He comprobado que si me digo a mí misma “puedes escribir” no me convence en absoluto. Esa segunda persona siempre me suena a alguien que me tiene compasión; a alguien que por cariño me sigue dando ánimos, aunque sepa perfectamente que no voy a llegar a ninguna parte. En cambio, la primera persona es poderosa: “puedo escribir”.

Qué distinto se siente—YO PUEDO ESCRIBIR. Yo. Me afirmo a mí misma en lo que digo: afirmo mi identidad, mi capacidad. Lo puedo decir con certeza, lo siento verdadero. No me suena a compasión, me suena a convicción. Puedo escribir—y lo sé porque lo estoy haciendo. ¿Qué puede haber más convincente que eso, que lo estoy haciendo ahora mismo?

La primera persona es poderosa. Te hace tomar una posición frente al mundo, te pone a las riendas de tu propia identidad. Y nos llamarán narcisistas, vanidosos y egocéntricos: pues sí, soy el centro de mi experiencia. Y no voy a juzgarme con el criterio de otros. Menuda afirmación más estúpida: egocéntrico.

Evidentemente.

Soy yo quien escribe. Yo en primera persona. Yo. Yo. Yo.

 

 

Las tejedoras: esas revolucionarias

Si bien es cierto que en los últimos años se ha puesto muy de moda tejer (y otro tipo de manualidades y artesanías), todavía pervive cierta idea de que tejer es una actividad anticuada, que sume a las mujeres en sus hogares, ocupándose de los aspectos domésticos. En definitiva, que es una actividad del pasado, que mantiene cierta estructura patriarcal, ya que sume a las mujeres en la soledad del hogar.

Sin embargo, yo siempre he considerado que se podía ser feminista tejiendo—que el propio acto de tejer podía constituirse como un acto de independencia. Tejer es, al fin y al cabo, una actividad creativa, que nos permite expresarnos y nos permite explorar nuestros propios sentimientos y pensamientos, nuestros gustos. En tanto que actividad creativa, es una actividad que nos permite conocernos mejor, y por tanto empoderarnos. 

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Hace poco asistí a una conferencia sobre las maternidades y los cuidados; hablábamos precisamente de cómo la mujer había estado confinada (y aún luchamos para romper con ese confinamiento) a la vida privada. Si las mujeres permanecen aisladas unas de otras y no hablan entre sí, entonces nunca se darán cuenta de que los dolores y los problemas a los que se enfrentan no son meramente personales, sino que afectan a las mujeres en cuanto género. Que se trata de una realidad estructural y no de casos aislados. 

Por ello, uno de los caminos más claros para el empoderamiento femenino es crear comunidades femeninas, donde se pueda hablar públicamente de todas aquellas cosas que hasta ahora hemos vivido en privado y en silencio. En este sentido, un ayuntamiento había puesto a disposición de las mujeres del pueblo un local vecinal donde las mujeres se juntaban para tejer.

La chica que impartía la conferencia dijo que esa medida, aunque había empezado siendo una buena idea, finalmente había puesto a las mujeres…A TEJER.  Como si tejer fuera, otra vez, esa actividad que nos vuelve dóciles y nos encierra en casa. Por mi propia experiencia, cuando he tejido con otras mujeres siempre se ha construido una sororidad. Siempre hemos hablado y hemos alcanzado una conciencia más clara de en qué consiste ser mujer en un mundo como el nuestro. Y creo que esto no es sólo algo que suceda hoy en día.

Hace poco, estudiando, descubrí, que durante la Revolución Francesa surgió una figura femenina revolucionaria: las tejedoras. Las tejedoras—tricoteuses—eran mujeres que asistían a las asambleas para estar al tanto de las decisiones y derivas políticas durante la Revolución. Y asistían a las asambleas…efectivamente, tejiendo. Las tricoteuses eran revolucionarias, y apoyaban todas las decisiones políticas de los jacobinos—tanto que las acabaron llamando “las tejedoras de Robespierre”. El apelativo de tricoteuses acabó volviéndose un insulto peor que otros muchos.

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Las tejedoras jacobinas, o las tejedoras de Robespierre. Sus rostros agresivos ya indica la visión que se tenía de ellas. 

De hecho, la contrarevolución acabó utilizándolas como imagen de los efectos terribles de la Revolución: afirmaban que esas mujeres, que asistían tejiendo a las asambleas, también asistían tejiendo a los gillotinamientos—que deseaban los guillotinamientos y que se habían vuelto monstruos sedientos de sangre. Decían que la Revolución era capaz de volver a las mujeres, seres supuestamente dulces y sensibles, en frías y sanguinarias radicales. “Esas mujeres que hacían en público lo que deberían hacer en privado”: TEJER. 

No deja de ser interesante que esas mujeres, revolucionarias, que reclaman derechos, que querían participar en la vida pública y política por sí mismas fueran conocidas y recordadas con ese nombre: tejedoras.

Bellezas que esperan

Cuando se pasa por una pérdida es cuando más fácilmente se aprende a estar en el momento presente. Cuando mirar hacia atrás es demasiado doloroso, porque la herida aún está abierta, y el futuro nos crea ansiedad porque se presenta como una plena incertidumbre…entonces es cuando tenemos la oportunidad de centrarnos en el presente. En el presente hay plenitud y belleza: pero sólo podemos detectarlas si estamos atentos.

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Respirar hondo—dejarse caer—hundirse—en una belleza que nunca antes percibimos—porque llevábamos la mirada clavada en nuestros miedos.

Que el sufrimiento es opcional es algo que sólo se aprende después de haber sufrido mucho. Cuando das este salto…puedes llegar a sentir que todo ha servido para algo. He recordado tantas cosas importantes: he recordado quién soy.

El dolor nos anula—pero también puede llegar a despertarnos. Estoy despierta. Y ya no me duele nada. En este momento estoy feliz y puedo dar las gracias. Por cada pequeño instante de belleza que he percibido.

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Cada momento contiene una belleza que sólo pueden contemplar los que están atentos.

Rupturas

de las que brota

la luz.

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Lo bonito es encontrar cosas que te interesen y hundirte en ellas.

No tienes que demostrar nada.

Sólo tienes que disfrutar de tu camino.

Ser un explorador de mundos.