Diario parisino VI

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Ayer volví a casa por la noche—aquí es de noche desde las cinco de la tarde, pero ayer era de noche—y pensé para mí misma: ¿de qué tengo miedo, si esta es mi ciudad? “Mi ciudad.”

París es una de esas ciudades que te enamora o te expulsa. Lo he visto en otras personas. No hay puntos medios. Creo que estoy en el primer grupo. Aquí he encontrado un amor distinto: el amor por el lugar. Cuando era pequeña—muy pequeña—decía que de mayor viviría en un ático en París. (¿Por qué diría eso? ¿De dónde me vendría esa idea?)

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Bueno, no vivo en un ático. Pero ahora ya soy mayor—veinte años mayor—, y vivo en París. No me quedaré para siempre, pero es un lugar al que volveré y volveré.

Aunque sea en mi pensamiento.

No dejo de pensar en Proust y en su idea de «trazar un mapa del cariño», que tantos años he llevado instalada en la mente. Tampoco paro de pensar en Flaubert, en su “Educación sentimental” y en “Madame Bovary”. Llevo tanto tiempo dándole vueltas a Madame Bovary…

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Tanto tiempo pensando en Francia y en francés.

Mi amor por París se intensifica. Más allá de sus molestias, de sus defectos…para mí sigue siendo “mi ciudad”.

Diario Parisino V

Hablaré del miedo que me da salir cuando la calle ya está a oscuras. Aunque aquí los días grises no son tan grises como los de Pamplona—aquí siempre hay luz. Hablaré de que ya no tengo que mirar el mapa para volver a “casa”. Aunque dudo que nunca me acostumbre a llamar “casa” a otra casa que no sea la mía, la de la puerta azul.

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Echo de menos unos brazos rodeándome. Echo de menos muchas cosas. Una voz que me diga “giremos por esa calle”. Ahora giro por calles nuevas; pero probablemente son otras. Descubro lo que no habría descubierto, y al mismo tiempo me quedan muchas cosas que ya nunca descubriré.

Camino por los parques. Doy las gracias a los árboles y a los pájaros. Ejercen su cura. Como cuando escuchas una canción y sientes que es un poco para ti. Eso me pasa con los parques.

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Diario Parisino IV

Ayer abrí la ventana y nevaba.

El domingo estuve en Versailles. Había estado una vez antes, con 17 años—en el viaje de fin de estudios del colegio—y durante este nuevo recorrido no paraba de acordarme de las amigas que me acompañaron entonces. Y de la persona que yo creía que era en ese momento. ¿Os pasa también a vosotros que os sentíais mucho más fuertes y más valientes, e incluso más listos, a esa edad?

Fui sola. Pero hice amigas por el camino. Hacía viento, muy frío. Versailles en invierno es algo triste—o soy yo que me pongo melancólica. No, no soy yo: las fuentes están apagadas, muchas estatuas cubiertas, y la tierra seca.

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Las ovejas de Maria Antonieta siguen vivas. Aunque no sean las mismas, siguen siendo las ovejas de Maria Antonieta.

¿Volveré algún día y recordaré esta vez?

 

 

 

Diario parisino III

Ahora ya sí—ya estoy instalada en el Colegio de España.

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Pasando todas las dudas de estar por primera vez en un lugar que no conoces. Preguntando a los demás cómo funcionan las cosas. Cuando les digo que es mi primer día todos reaccionan con una mezcla de ternura y nostalgia. Algunos están a punto de irse y echan de menos el comienzo.

Yo estoy en el comienzo e intuyo que también estaré en su lugar dentro de unos meses. El campus es precioso. Entiendo que haya personas que lleven dos años viviendo aquí y no quieran irse.

La timidez me acosa a veces; pero todos se muestran muy abiertos.

Hay gente que llegó en verano. Pero a mí me parece impensable que aquí no sea siempre otoño.

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Todavía no estoy del todo. Pero poco a poco.

Diario parisino II

Domingo. Coger el metro para ir al Marché aux fleurs et aux oiseaux. Las flores están a diario; los pájaros sólo los domingos. Si me conocéis, sabéis que ir a visitar a los pájaros era obligatorio. Había muchísimos tipos de loros…y me ha costado mucho no llevarme alguno (lo reconozco).

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Después he pasado por Notre Dame. Y por otra de las paradas obvias: Shakespeare and Co. Había que hacer cola para entrar en la librería y no dejaban hacer fotos dentro…pero ha merecido la pena de todos modos. El gato estaba escondido.

El paseo ha seguido bordeando el Sena—donde también nos hemos encontrado con el atardecer. Y con los miles de candados que las parejas enamoradas dejaron cerrados en l’Île de la Cité.

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El acero; qué tendrá aquí, en París, que puede emocionarnos.

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Diario parisino I

París—por el momento—es un piso muy chiquitito en el distrito 11. Un piso lleno de libros que hubiera comprado yo misma: en la mesilla de la habitación está “La pensée sauvage” de Lévi-Strauss. En las estanterías del salón están Kundera, Sartre, Virginia Woolf.

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El piso está muy cerca del cementerio Père Lachaise; allí está enterrado Marcel Proust. Desde el principio supe que mi primer movimiento aquí sería ir a visitarle.  He disfrutado de tantas horas de belleza gracias a Proust que lo mínimo que podía hacer era llevarle una flor y darle las gracias.

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Después de presentarme ante Proust, ahora ya estoy en París.

(Por cierto, Oscar Wilde también está enterrado en Père Lachaise, pero ya no dejan darle besos a la tumba.)

 

Yo. Para mí.

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He decidido hablar en primera persona. He comprobado que si me digo a mí misma “puedes escribir” no me convence en absoluto. Esa segunda persona siempre me suena a alguien que me tiene compasión; a alguien que por cariño me sigue dando ánimos, aunque sepa perfectamente que no voy a llegar a ninguna parte. En cambio, la primera persona es poderosa: “puedo escribir”.

Qué distinto se siente—YO PUEDO ESCRIBIR. Yo. Me afirmo a mí misma en lo que digo: afirmo mi identidad, mi capacidad. Lo puedo decir con certeza, lo siento verdadero. No me suena a compasión, me suena a convicción. Puedo escribir—y lo sé porque lo estoy haciendo. ¿Qué puede haber más convincente que eso, que lo estoy haciendo ahora mismo?

La primera persona es poderosa. Te hace tomar una posición frente al mundo, te pone a las riendas de tu propia identidad. Y nos llamarán narcisistas, vanidosos y egocéntricos: pues sí, soy el centro de mi experiencia. Y no voy a juzgarme con el criterio de otros. Menuda afirmación más estúpida: egocéntrico.

Evidentemente.

Soy yo quien escribe. Yo en primera persona. Yo. Yo. Yo.

 

 

Las tejedoras: esas revolucionarias

Si bien es cierto que en los últimos años se ha puesto muy de moda tejer (y otro tipo de manualidades y artesanías), todavía pervive cierta idea de que tejer es una actividad anticuada, que sume a las mujeres en sus hogares, ocupándose de los aspectos domésticos. En definitiva, que es una actividad del pasado, que mantiene cierta estructura patriarcal, ya que sume a las mujeres en la soledad del hogar.

Sin embargo, yo siempre he considerado que se podía ser feminista tejiendo—que el propio acto de tejer podía constituirse como un acto de independencia. Tejer es, al fin y al cabo, una actividad creativa, que nos permite expresarnos y nos permite explorar nuestros propios sentimientos y pensamientos, nuestros gustos. En tanto que actividad creativa, es una actividad que nos permite conocernos mejor, y por tanto empoderarnos. 

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Hace poco asistí a una conferencia sobre las maternidades y los cuidados; hablábamos precisamente de cómo la mujer había estado confinada (y aún luchamos para romper con ese confinamiento) a la vida privada. Si las mujeres permanecen aisladas unas de otras y no hablan entre sí, entonces nunca se darán cuenta de que los dolores y los problemas a los que se enfrentan no son meramente personales, sino que afectan a las mujeres en cuanto género. Que se trata de una realidad estructural y no de casos aislados. 

Por ello, uno de los caminos más claros para el empoderamiento femenino es crear comunidades femeninas, donde se pueda hablar públicamente de todas aquellas cosas que hasta ahora hemos vivido en privado y en silencio. En este sentido, un ayuntamiento había puesto a disposición de las mujeres del pueblo un local vecinal donde las mujeres se juntaban para tejer.

La chica que impartía la conferencia dijo que esa medida, aunque había empezado siendo una buena idea, finalmente había puesto a las mujeres…A TEJER.  Como si tejer fuera, otra vez, esa actividad que nos vuelve dóciles y nos encierra en casa. Por mi propia experiencia, cuando he tejido con otras mujeres siempre se ha construido una sororidad. Siempre hemos hablado y hemos alcanzado una conciencia más clara de en qué consiste ser mujer en un mundo como el nuestro. Y creo que esto no es sólo algo que suceda hoy en día.

Hace poco, estudiando, descubrí, que durante la Revolución Francesa surgió una figura femenina revolucionaria: las tejedoras. Las tejedoras—tricoteuses—eran mujeres que asistían a las asambleas para estar al tanto de las decisiones y derivas políticas durante la Revolución. Y asistían a las asambleas…efectivamente, tejiendo. Las tricoteuses eran revolucionarias, y apoyaban todas las decisiones políticas de los jacobinos—tanto que las acabaron llamando “las tejedoras de Robespierre”. El apelativo de tricoteuses acabó volviéndose un insulto peor que otros muchos.

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Las tejedoras jacobinas, o las tejedoras de Robespierre. Sus rostros agresivos ya indica la visión que se tenía de ellas. 

De hecho, la contrarevolución acabó utilizándolas como imagen de los efectos terribles de la Revolución: afirmaban que esas mujeres, que asistían tejiendo a las asambleas, también asistían tejiendo a los gillotinamientos—que deseaban los guillotinamientos y que se habían vuelto monstruos sedientos de sangre. Decían que la Revolución era capaz de volver a las mujeres, seres supuestamente dulces y sensibles, en frías y sanguinarias radicales. “Esas mujeres que hacían en público lo que deberían hacer en privado”: TEJER. 

No deja de ser interesante que esas mujeres, revolucionarias, que reclaman derechos, que querían participar en la vida pública y política por sí mismas fueran conocidas y recordadas con ese nombre: tejedoras.