Liaisons dangereuses: ¿Las mujeres como amigas?

Hace un año publiqué esto en otro blog…y creo que se merece una re-visita.

La amistad femenina es una gran desconocida. La literatura, la filosofía y el cine están plagados de grandes relatos sobre la amistad masculina, pero la amistad femenina ha quedado en la oscuridad. Desde la antigüedad lo que se nos ha dicho es que la amistad es cosa de hombres, algo para lo que las mujeres no estamos capacitadas. En la actualidad la pregunta por la amistad es si un hombre y una mujer pueden ser amigos, pero no si las mujeres pueden ser amigas entre sí.

Creo que se necesitan más relatos de amistades femeninas: venimos de una tradición que nos ha dicho que la amistad es una virtud eminentemente masculina. Y esa tradición no es algo superado, sino un peso que cargamos con nosotros y nos condiciona a seguir pensando de ese modo. De hecho, el cine y la televisión contribuyen a subrayar esa idea hoy en día mostrando…

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Recuerdo I

Me ha venido a la mente una anécdota que quiero compartir. Estaba tirada en el suelo—literalmente tirada en el suelo—durante una sesión de yoga. Sé que durante la relajación hay que evitar enzarzarse en pensamientos: aunque a mí me gusta la idea de verlos pasar como si fueran nubes. Me vienen pensamientos que no convoco voluntariamente, y los observo pasar lentamente. Hoy me ha venido un recuerdo.

He recordado que mi padre me llevaba de pequeña todos los años (no sé cuántos años fueron “todos los años” pero sé que fueron varios años seguidos) a un concurso de dibujo que organizaba la universidad. Supongo que era para hijos de los empleados. El caso es que era un concurso navideño: teníamos que dibujar una felicitación navideña.

Para esa ocasión mi padre me compraba una caja nueva de lápices de colores, y nos sentaban a dibujar en una de las aulas del edificio de arquitectura. Nada podía gustarme más. Estar sentada en esa mesa enorme—para mí era enorme, aunque ya se sabe que no hay que hacer mucho caso a las proporciones recordadas—, con mis lápices nuevos, perfectamente alineados y afilados. Disfrutaba del silencio que zumbaba en la sala mientras los niños dibujábamos.

Creo que el tema de la felicitación navideña no me interesaba demasiado, pero me gustaba dibujar. Y además, estaba convencida de que dibujaba bien. Nunca gané ninguno de esos concursos, pero en mi mente siempre me fui pensando que merecía ganar. Y que si no ganaba…era porque a los jueces simplemente les había gustado más otro dibujo; pero que yo merecía ganar tanto como los que, en efecto, ganaban.

De todos modos, no recuerdo haber sido nunca muy competitiva. A mí me bastaba tener ese sentimiento mío…y esa caja nueva de lápices. Todo merecía la pena por esa caja nueva de lápices que me habían regalado sin tener que ganar ningún concurso para ello.

Hace algún tiempo que no dibujo.

Pero a veces me animo a mí misma comprando lápices nuevos.

 

Los que llevan un tiempo siguiéndome sabrán que no consigo (tampoco) sacarme a Amélie de la cabeza. Es una película en la que pienso una y otra vez. Y me pasa con ella lo mismo que me pasa con muchos filósofos: que me gusta ella, pero no tanto sus seguidores. No creo que Amélie sea una película de amor únicamente. 

El caso es que en mi habitación tengo puesto el póster de Amélie desde hace un tiempo: la versión japonesa, que es preciosa.

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Me siento muy identificada con esta imagen. Pocas cosas mejores que estar en un sitio tranquilo y bonito, que has decorado a tu gusto. Una cosa que me gusta mucho de París son sus luces cálidas. Cuando caminas por la calle al caer la noche parece que los establecimientos y los hogares tienen pequeñas hogueras dentro, porque todas las luces son amarillentas. Dan ganas de entrar, dan ganas de quedarse.

Pasar cuatro meses en París me ha permitido recorrer algunos de los lugares por los que va Amélie. He visitado el carrusel del Sacré Coeur, el canal de Saint Martin, el Café des deux moulins…Hasta me tomé un té con una amiga en la calle Quincampoix.

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Les deux moulins

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Your hair was short when we first met.

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Ahora, probablemente debido a unos inesperados días primaverales, he empezado a pensar en la última imagen de la película. Pienso en Amélie y Nino en la moto, recorriendo París. Es una escena que transmite una temperatura, un clima. Casi se puede sentir el aire en la piel. A través de la temperatura de la imagen, del movimiento, de la interpretación, del vestuario…se construye una primavera. Un momento perfecto.

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La primavera hace que todo baile.

Diario parisino VIII

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Tengo las maletas a medias y un montón de sentimientos encontrados.Vivimos en las contradicciones: quiero avanzar y al mismo tiempo quiero retener este momento. No sé cómo empacar todo esto. Me gustaría tener menos cosas. Cuando vuelva a casa probablemente tendré que hacer una gran limpieza.

Lo hago periódicamente. Mi madre dice que me da el ataque de limpiar cada dos meses (o algo así, tampoco yo llevo un control estricto). Y cuando se produce ese ataque, tiro cosas. Me viene bien—también emocionalmente: miro todo lo que tengo, y decido si aún me sirve o no; si todavía me aporta algo, si todavía lo quiero. Algunas veces hay que hacer espacio.

Lo cierto es que soy como un pájaro que guarda todo tipo de “tesoros”. Pero al cabo de un tiempo comienzo a sentir que me asfixio entre todas las cosas que he guardado. Aunque ya he perdido el miedo a deshacerme de las cosas. Al fin y al cabo…sé que vendrán otras más adelante.

Ahora mismo, no quiero tener tantas cosas. He vivido cuatro meses en una habitación pequeña. Me traje solo el ¿20? por ciento de mis prendas y no me ha faltado de nada. ¿Para qué tengo tanto? Debe ser la maldición de los estetas.

Volver también es revisar la vida.

Nunca se puede volver verdaderamente de nada.

https://www.flickr.com/photos/caryndrexl/

Caryn Drexl

Tal vez la cura esté en la escritura, o en el dibujo, o en el baile—en la creatividad. Pero, ¿cómo voy a hacer ninguna de esas cosas en este estado de tensión? Se da una circularidad. Donde estaría la cura es precisamente donde está el problema. No puedo crear si no me relajo. Y no sé cómo relajarme.

Siento que en mi cabeza rebota una pelota con fuerza. Tengo miedo de que me golpee. Siento que mire donde mire hay un muro que me impide seguir adelante.

Me gustaría decir algo más. Pero el muro.

Las tejedoras: esas revolucionarias (II)

Hace un tiempo escribí esta entrada sobre cómo tejer podía constituirse como una actividad feminista. En él, hacía alusión a las “tejedoras de Robespierre”, o las tejedoras de la Revolución Francesa. Estudiando me he encontrado con que el acto de tejer también se convirtió en un acto político durante la Revolución Americana. 

Durante el periodo revolucionario, las patriotas americanas se asociaron formando las “Daughters of Liberty”. Las mujeres se rebelaban contra los británicos haciendo boicot a sus productos: entre otras cosas, decidieron no consumir té y dejaron de comprar telas inglesas.

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El hecho de boicotear estos productos obligó a efectuar ciertos cambios en el estilo de vida: por ejemplo, empezar a beber café en lugar de té. En lo textil, el dejar de comprar telas inglesas, se reflejó en que las mujeres americanas empezaron a llevar prendas tejidas a mano. Mujeres de todas las clases sociales llevaban prendas tejidas a mano en todas las ocasiones, y el acto de hilar se convirtió en un acto político. Los “spinning bees” (reuniones para hilas) se convirtieron en eventos patrióticos.

La líder de las hijas de la libertad de Massachusetts escribió: “espero que todas vayamos envueltas en pelo de oveja o de cabra en lugar de comprar productos ingleses a un pueblo que nos ha insultado de una forma tan escandalosa”.  (Alice Brown, Women of Colonial Times)

Tejer se constituyó así durante el periodo de la Revolución Americana en un acto político. Una forma de lucha.

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Diario Parisino VII

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Todo lo que me ha ocurrido me ha dado profundidad.

A lo mejor es mi pasión por ahondar lo que me ha llevado a un agujero del que casi no puedo salir. Tiene gracia; mirando en la dirección contraria, llegué al mismo lugar que Tales. Cuando estaba ahí abajo…me di cuenta de que la autosuficiencia es una ilusión. De algunos sitios sólo se puede salir si te dan la mano. (Del mismo modo que sólo se puede llegar a otros si te hacen pie.)

Afortunadamente, hubo manos.

París siempre será, en cierta medida, las personas que conocí estando aquí. Además de aquellas personas de las que, paradójicamente, la distancia no sólo no consiguió alejarme, sino que me acercó más que nunca.

Diario parisino VI

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Ayer volví a casa por la noche—aquí es de noche desde las cinco de la tarde, pero ayer era de noche—y pensé para mí misma: ¿de qué tengo miedo, si esta es mi ciudad? “Mi ciudad.”

París es una de esas ciudades que te enamora o te expulsa. Lo he visto en otras personas. No hay puntos medios. Creo que estoy en el primer grupo. Aquí he encontrado un amor distinto: el amor por el lugar. Cuando era pequeña—muy pequeña—decía que de mayor viviría en un ático en París. (¿Por qué diría eso? ¿De dónde me vendría esa idea?)

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Bueno, no vivo en un ático. Pero ahora ya soy mayor—veinte años mayor—, y vivo en París. No me quedaré para siempre, pero es un lugar al que volveré y volveré.

Aunque sea en mi pensamiento.

No dejo de pensar en Proust y en su idea de «trazar un mapa del cariño», que tantos años he llevado instalada en la mente. Tampoco paro de pensar en Flaubert, en su “Educación sentimental” y en “Madame Bovary”. Llevo tanto tiempo dándole vueltas a Madame Bovary…

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Tanto tiempo pensando en Francia y en francés.

Mi amor por París se intensifica. Más allá de sus molestias, de sus defectos…para mí sigue siendo “mi ciudad”.