Liberar la mente

La mayor parte de acciones cotidianas las realizamos sin ninguna atención. Vamos por la vida con el piloto automático encendido. Respiramos sin proponérnoslo,  comemos sin hacer un especial esfuerzo, bebemos sin que nos suponga un verdadero ejercicio de habilidad. Vamos de casa al trabajo, y del trabajo a casa, por un camino que conocemos bien a fuerza de repetición.

Podríamos pensar que las rutinas, los comportamientos automatizados, nos sirven para descargar la mente. Que ir en piloto automático en las acciones más cotidianas nos deja espacio para ocuparnos de cosas más importantes. Ciertamente, si tuviéramos que enfrentarnos a cada movimiento como si fuera algo nuevo constantemente…difícilmente avanzaríamos.

Aunque es cierto que el día a día nos exige rapidez y eficacia, que nos vemos obligados a resolver problemas de la manera más económica posible…Lo cierto es que este tipo de comportamiento en realidad no nos ofrece mucho descanso.

En realidad, lo que ocurre cuando llevamos el piloto automático encendido es que no disfrutamos de nada de lo que hacemos. Llevamos la mente siempre ocupada, siempre en otra parte. Mientras resolvemos un problema ya estamos pensando en nuestra mente en cómo resolver los dos o tres problemas siguientes. No ponemos atención en aquello que estamos haciendo; hasta tal punto que aquello que nos ocupa realmente nos pasa desapercibido.

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¿Cuántas veces comemos y no saboreamos un sólo bocado? ¿Cuántas veces bebemos agua y no nos damos cuenta de lo placentero que es apagar la sed?

Disfrutar de la vida, aunque parezca contradictorio, requiere poner atención en aquello que hacemos. Si ponemos atención en la acción que realizamos, liberamos la mente. Hacemos que la mente tenga sólo una ocupación.

La mente necesita estar ocupada siempre; es como un niño que está aprendiendo todo y necesita jugar constantemente o, si no, se aburre. La mente siempre reclama objetos. Reclama ocupaciones. Por este motivo, la relajación de la mente no está en la ausencia de actividad—cosa que para la mente sería fuente de frustración—sino en la actividad plena. Realizar una sola cosa por vez.

Poner la atención en algo pequeño—así se encuentra la libertad y el descanso de la mente.

 

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El tejido como arte—Anne Mondro

 

Los órganos que Anne Mondro ganchilla con alambre combinan una estructura resistente con una apariencia ligera. Una reflexión sobre la dualidad de fragilidad-fortaleza que constituye nuestro cuerpo y nuestra vida.

Me conmueve la idea de tejer los órganos, con un material que cuesta mucho tiempo trabajar…La vida es una elaboración compleja.

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Liaisons dangereuses: ¿Las mujeres como amigas?

Hace un año publiqué esto en otro blog…y creo que se merece una re-visita.

La amistad femenina es una gran desconocida. La literatura, la filosofía y el cine están plagados de grandes relatos sobre la amistad masculina, pero la amistad femenina ha quedado en la oscuridad. Desde la antigüedad lo que se nos ha dicho es que la amistad es cosa de hombres, algo para lo que las mujeres no estamos capacitadas. En la actualidad la pregunta por la amistad es si un hombre y una mujer pueden ser amigos, pero no si las mujeres pueden ser amigas entre sí.

Creo que se necesitan más relatos de amistades femeninas: venimos de una tradición que nos ha dicho que la amistad es una virtud eminentemente masculina. Y esa tradición no es algo superado, sino un peso que cargamos con nosotros y nos condiciona a seguir pensando de ese modo. De hecho, el cine y la televisión contribuyen a subrayar esa idea hoy en día mostrando…

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Los que llevan un tiempo siguiéndome sabrán que no consigo (tampoco) sacarme a Amélie de la cabeza. Es una película en la que pienso una y otra vez. Y me pasa con ella lo mismo que me pasa con muchos filósofos: que me gusta ella, pero no tanto sus seguidores. No creo que Amélie sea una película de amor únicamente. 

El caso es que en mi habitación tengo puesto el póster de Amélie desde hace un tiempo: la versión japonesa, que es preciosa.

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Me siento muy identificada con esta imagen. Pocas cosas mejores que estar en un sitio tranquilo y bonito, que has decorado a tu gusto. Una cosa que me gusta mucho de París son sus luces cálidas. Cuando caminas por la calle al caer la noche parece que los establecimientos y los hogares tienen pequeñas hogueras dentro, porque todas las luces son amarillentas. Dan ganas de entrar, dan ganas de quedarse.

Pasar cuatro meses en París me ha permitido recorrer algunos de los lugares por los que va Amélie. He visitado el carrusel del Sacré Coeur, el canal de Saint Martin, el Café des deux moulins…Hasta me tomé un té con una amiga en la calle Quincampoix.

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Les deux moulins

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Your hair was short when we first met.

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Ahora, probablemente debido a unos inesperados días primaverales, he empezado a pensar en la última imagen de la película. Pienso en Amélie y Nino en la moto, recorriendo París. Es una escena que transmite una temperatura, un clima. Casi se puede sentir el aire en la piel. A través de la temperatura de la imagen, del movimiento, de la interpretación, del vestuario…se construye una primavera. Un momento perfecto.

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La primavera hace que todo baile.

https://www.flickr.com/photos/caryndrexl/

Caryn Drexl

Tal vez la cura esté en la escritura, o en el dibujo, o en el baile—en la creatividad. Pero, ¿cómo voy a hacer ninguna de esas cosas en este estado de tensión? Se da una circularidad. Donde estaría la cura es precisamente donde está el problema. No puedo crear si no me relajo. Y no sé cómo relajarme.

Siento que en mi cabeza rebota una pelota con fuerza. Tengo miedo de que me golpee. Siento que mire donde mire hay un muro que me impide seguir adelante.

Me gustaría decir algo más. Pero el muro.

Las tejedoras: esas revolucionarias (II)

Hace un tiempo escribí esta entrada sobre cómo tejer podía constituirse como una actividad feminista. En él, hacía alusión a las “tejedoras de Robespierre”, o las tejedoras de la Revolución Francesa. Estudiando me he encontrado con que el acto de tejer también se convirtió en un acto político durante la Revolución Americana. 

Durante el periodo revolucionario, las patriotas americanas se asociaron formando las “Daughters of Liberty”. Las mujeres se rebelaban contra los británicos haciendo boicot a sus productos: entre otras cosas, decidieron no consumir té y dejaron de comprar telas inglesas.

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El hecho de boicotear estos productos obligó a efectuar ciertos cambios en el estilo de vida: por ejemplo, empezar a beber café en lugar de té. En lo textil, el dejar de comprar telas inglesas, se reflejó en que las mujeres americanas empezaron a llevar prendas tejidas a mano. Mujeres de todas las clases sociales llevaban prendas tejidas a mano en todas las ocasiones, y el acto de hilar se convirtió en un acto político. Los “spinning bees” (reuniones para hilas) se convirtieron en eventos patrióticos.

La líder de las hijas de la libertad de Massachusetts escribió: “espero que todas vayamos envueltas en pelo de oveja o de cabra en lugar de comprar productos ingleses a un pueblo que nos ha insultado de una forma tan escandalosa”.  (Alice Brown, Women of Colonial Times)

Tejer se constituyó así durante el periodo de la Revolución Americana en un acto político. Una forma de lucha.

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Yo. Para mí.

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He decidido hablar en primera persona. He comprobado que si me digo a mí misma “puedes escribir” no me convence en absoluto. Esa segunda persona siempre me suena a alguien que me tiene compasión; a alguien que por cariño me sigue dando ánimos, aunque sepa perfectamente que no voy a llegar a ninguna parte. En cambio, la primera persona es poderosa: “puedo escribir”.

Qué distinto se siente—YO PUEDO ESCRIBIR. Yo. Me afirmo a mí misma en lo que digo: afirmo mi identidad, mi capacidad. Lo puedo decir con certeza, lo siento verdadero. No me suena a compasión, me suena a convicción. Puedo escribir—y lo sé porque lo estoy haciendo. ¿Qué puede haber más convincente que eso, que lo estoy haciendo ahora mismo?

La primera persona es poderosa. Te hace tomar una posición frente al mundo, te pone a las riendas de tu propia identidad. Y nos llamarán narcisistas, vanidosos y egocéntricos: pues sí, soy el centro de mi experiencia. Y no voy a juzgarme con el criterio de otros. Menuda afirmación más estúpida: egocéntrico.

Evidentemente.

Soy yo quien escribe. Yo en primera persona. Yo. Yo. Yo.

 

 

Las tejedoras: esas revolucionarias

Si bien es cierto que en los últimos años se ha puesto muy de moda tejer (y otro tipo de manualidades y artesanías), todavía pervive cierta idea de que tejer es una actividad anticuada, que sume a las mujeres en sus hogares, ocupándose de los aspectos domésticos. En definitiva, que es una actividad del pasado, que mantiene cierta estructura patriarcal, ya que sume a las mujeres en la soledad del hogar.

Sin embargo, yo siempre he considerado que se podía ser feminista tejiendo—que el propio acto de tejer podía constituirse como un acto de independencia. Tejer es, al fin y al cabo, una actividad creativa, que nos permite expresarnos y nos permite explorar nuestros propios sentimientos y pensamientos, nuestros gustos. En tanto que actividad creativa, es una actividad que nos permite conocernos mejor, y por tanto empoderarnos. 

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Hace poco asistí a una conferencia sobre las maternidades y los cuidados; hablábamos precisamente de cómo la mujer había estado confinada (y aún luchamos para romper con ese confinamiento) a la vida privada. Si las mujeres permanecen aisladas unas de otras y no hablan entre sí, entonces nunca se darán cuenta de que los dolores y los problemas a los que se enfrentan no son meramente personales, sino que afectan a las mujeres en cuanto género. Que se trata de una realidad estructural y no de casos aislados. 

Por ello, uno de los caminos más claros para el empoderamiento femenino es crear comunidades femeninas, donde se pueda hablar públicamente de todas aquellas cosas que hasta ahora hemos vivido en privado y en silencio. En este sentido, un ayuntamiento había puesto a disposición de las mujeres del pueblo un local vecinal donde las mujeres se juntaban para tejer.

La chica que impartía la conferencia dijo que esa medida, aunque había empezado siendo una buena idea, finalmente había puesto a las mujeres…A TEJER.  Como si tejer fuera, otra vez, esa actividad que nos vuelve dóciles y nos encierra en casa. Por mi propia experiencia, cuando he tejido con otras mujeres siempre se ha construido una sororidad. Siempre hemos hablado y hemos alcanzado una conciencia más clara de en qué consiste ser mujer en un mundo como el nuestro. Y creo que esto no es sólo algo que suceda hoy en día.

Hace poco, estudiando, descubrí, que durante la Revolución Francesa surgió una figura femenina revolucionaria: las tejedoras. Las tejedoras—tricoteuses—eran mujeres que asistían a las asambleas para estar al tanto de las decisiones y derivas políticas durante la Revolución. Y asistían a las asambleas…efectivamente, tejiendo. Las tricoteuses eran revolucionarias, y apoyaban todas las decisiones políticas de los jacobinos—tanto que las acabaron llamando “las tejedoras de Robespierre”. El apelativo de tricoteuses acabó volviéndose un insulto peor que otros muchos.

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Las tejedoras jacobinas, o las tejedoras de Robespierre. Sus rostros agresivos ya indica la visión que se tenía de ellas. 

De hecho, la contrarevolución acabó utilizándolas como imagen de los efectos terribles de la Revolución: afirmaban que esas mujeres, que asistían tejiendo a las asambleas, también asistían tejiendo a los gillotinamientos—que deseaban los guillotinamientos y que se habían vuelto monstruos sedientos de sangre. Decían que la Revolución era capaz de volver a las mujeres, seres supuestamente dulces y sensibles, en frías y sanguinarias radicales. “Esas mujeres que hacían en público lo que deberían hacer en privado”: TEJER. 

No deja de ser interesante que esas mujeres, revolucionarias, que reclaman derechos, que querían participar en la vida pública y política por sí mismas fueran conocidas y recordadas con ese nombre: tejedoras.