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Caryn Drexl

Tal vez la cura esté en la escritura, o en el dibujo, o en el baile—en la creatividad. Pero, ¿cómo voy a hacer ninguna de esas cosas en este estado de tensión? Se da una circularidad. Donde estaría la cura es precisamente donde está el problema. No puedo crear si no me relajo. Y no sé cómo relajarme.

Siento que en mi cabeza rebota una pelota con fuerza. Tengo miedo de que me golpee. Siento que mire donde mire hay un muro que me impide seguir adelante.

Me gustaría decir algo más. Pero el muro.

Las tejedoras: esas revolucionarias (II)

Hace un tiempo escribí esta entrada sobre cómo tejer podía constituirse como una actividad feminista. En él, hacía alusión a las “tejedoras de Robespierre”, o las tejedoras de la Revolución Francesa. Estudiando me he encontrado con que el acto de tejer también se convirtió en un acto político durante la Revolución Americana. 

Durante el periodo revolucionario, las patriotas americanas se asociaron formando las “Daughters of Liberty”. Las mujeres se rebelaban contra los británicos haciendo boicot a sus productos: entre otras cosas, decidieron no consumir té y dejaron de comprar telas inglesas.

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El hecho de boicotear estos productos obligó a efectuar ciertos cambios en el estilo de vida: por ejemplo, empezar a beber café en lugar de té. En lo textil, el dejar de comprar telas inglesas, se reflejó en que las mujeres americanas empezaron a llevar prendas tejidas a mano. Mujeres de todas las clases sociales llevaban prendas tejidas a mano en todas las ocasiones, y el acto de hilar se convirtió en un acto político. Los “spinning bees” (reuniones para hilas) se convirtieron en eventos patrióticos.

La líder de las hijas de la libertad de Massachusetts escribió: “espero que todas vayamos envueltas en pelo de oveja o de cabra en lugar de comprar productos ingleses a un pueblo que nos ha insultado de una forma tan escandalosa”.  (Alice Brown, Women of Colonial Times)

Tejer se constituyó así durante el periodo de la Revolución Americana en un acto político. Una forma de lucha.

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Diario Parisino VII

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Todo lo que me ha ocurrido me ha dado profundidad.

A lo mejor es mi pasión por ahondar lo que me ha llevado a un agujero del que casi no puedo salir. Tiene gracia; mirando en la dirección contraria, llegué al mismo lugar que Tales. Cuando estaba ahí abajo…me di cuenta de que la autosuficiencia es una ilusión. De algunos sitios sólo se puede salir si te dan la mano. (Del mismo modo que sólo se puede llegar a otros si te hacen pie.)

Afortunadamente, hubo manos.

París siempre será, en cierta medida, las personas que conocí estando aquí. Además de aquellas personas de las que, paradójicamente, la distancia no sólo no consiguió alejarme, sino que me acercó más que nunca.

Diario parisino VI

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Ayer volví a casa por la noche—aquí es de noche desde las cinco de la tarde, pero ayer era de noche—y pensé para mí misma: ¿de qué tengo miedo, si esta es mi ciudad? “Mi ciudad.”

París es una de esas ciudades que te enamora o te expulsa. Lo he visto en otras personas. No hay puntos medios. Creo que estoy en el primer grupo. Aquí he encontrado un amor distinto: el amor por el lugar. Cuando era pequeña—muy pequeña—decía que de mayor viviría en un ático en París. (¿Por qué diría eso? ¿De dónde me vendría esa idea?)

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Bueno, no vivo en un ático. Pero ahora ya soy mayor—veinte años mayor—, y vivo en París. No me quedaré para siempre, pero es un lugar al que volveré y volveré.

Aunque sea en mi pensamiento.

No dejo de pensar en Proust y en su idea de «trazar un mapa del cariño», que tantos años he llevado instalada en la mente. Tampoco paro de pensar en Flaubert, en su “Educación sentimental” y en “Madame Bovary”. Llevo tanto tiempo dándole vueltas a Madame Bovary…

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Tanto tiempo pensando en Francia y en francés.

Mi amor por París se intensifica. Más allá de sus molestias, de sus defectos…para mí sigue siendo “mi ciudad”.

Diario Parisino V

Hablaré del miedo que me da salir cuando la calle ya está a oscuras. Aunque aquí los días grises no son tan grises como los de Pamplona—aquí siempre hay luz. Hablaré de que ya no tengo que mirar el mapa para volver a “casa”. Aunque dudo que nunca me acostumbre a llamar “casa” a otra casa que no sea la mía, la de la puerta azul.

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Echo de menos unos brazos rodeándome. Echo de menos muchas cosas. Una voz que me diga “giremos por esa calle”. Ahora giro por calles nuevas; pero probablemente son otras. Descubro lo que no habría descubierto, y al mismo tiempo me quedan muchas cosas que ya nunca descubriré.

Camino por los parques. Doy las gracias a los árboles y a los pájaros. Ejercen su cura. Como cuando escuchas una canción y sientes que es un poco para ti. Eso me pasa con los parques.

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Diario Parisino IV

Ayer abrí la ventana y nevaba.

El domingo estuve en Versailles. Había estado una vez antes, con 17 años—en el viaje de fin de estudios del colegio—y durante este nuevo recorrido no paraba de acordarme de las amigas que me acompañaron entonces. Y de la persona que yo creía que era en ese momento. ¿Os pasa también a vosotros que os sentíais mucho más fuertes y más valientes, e incluso más listos, a esa edad?

Fui sola. Pero hice amigas por el camino. Hacía viento, muy frío. Versailles en invierno es algo triste—o soy yo que me pongo melancólica. No, no soy yo: las fuentes están apagadas, muchas estatuas cubiertas, y la tierra seca.

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Las ovejas de Maria Antonieta siguen vivas. Aunque no sean las mismas, siguen siendo las ovejas de Maria Antonieta.

¿Volveré algún día y recordaré esta vez?

 

 

 

Diario parisino III

Ahora ya sí—ya estoy instalada en el Colegio de España.

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Pasando todas las dudas de estar por primera vez en un lugar que no conoces. Preguntando a los demás cómo funcionan las cosas. Cuando les digo que es mi primer día todos reaccionan con una mezcla de ternura y nostalgia. Algunos están a punto de irse y echan de menos el comienzo.

Yo estoy en el comienzo e intuyo que también estaré en su lugar dentro de unos meses. El campus es precioso. Entiendo que haya personas que lleven dos años viviendo aquí y no quieran irse.

La timidez me acosa a veces; pero todos se muestran muy abiertos.

Hay gente que llegó en verano. Pero a mí me parece impensable que aquí no sea siempre otoño.

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Todavía no estoy del todo. Pero poco a poco.

Diario parisino II

Domingo. Coger el metro para ir al Marché aux fleurs et aux oiseaux. Las flores están a diario; los pájaros sólo los domingos. Si me conocéis, sabéis que ir a visitar a los pájaros era obligatorio. Había muchísimos tipos de loros…y me ha costado mucho no llevarme alguno (lo reconozco).

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Después he pasado por Notre Dame. Y por otra de las paradas obvias: Shakespeare and Co. Había que hacer cola para entrar en la librería y no dejaban hacer fotos dentro…pero ha merecido la pena de todos modos. El gato estaba escondido.

El paseo ha seguido bordeando el Sena—donde también nos hemos encontrado con el atardecer. Y con los miles de candados que las parejas enamoradas dejaron cerrados en l’Île de la Cité.

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El acero; qué tendrá aquí, en París, que puede emocionarnos.

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Diario parisino I

París—por el momento—es un piso muy chiquitito en el distrito 11. Un piso lleno de libros que hubiera comprado yo misma: en la mesilla de la habitación está “La pensée sauvage” de Lévi-Strauss. En las estanterías del salón están Kundera, Sartre, Virginia Woolf.

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El piso está muy cerca del cementerio Père Lachaise; allí está enterrado Marcel Proust. Desde el principio supe que mi primer movimiento aquí sería ir a visitarle.  He disfrutado de tantas horas de belleza gracias a Proust que lo mínimo que podía hacer era llevarle una flor y darle las gracias.

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Después de presentarme ante Proust, ahora ya estoy en París.

(Por cierto, Oscar Wilde también está enterrado en Père Lachaise, pero ya no dejan darle besos a la tumba.)